Cerrar una etapa no es terminar.

Hay decisiones que no se toman de un día para otro. Se van construyendo lentamente, a veces sin que nos demos cuenta, mientras intentamos cumplir nuestras responsabilidades, resolver problemas y sostener compromisos que alguna vez asumimos con convicción.
Durante mucho tiempo he creído que el trabajo tiene sentido cuando permite contribuir a algo que va más allá de uno mismo. Cuando lo que hacemos ayuda a mejorar una organización, resolver una dificultad o generar condiciones para que otras personas puedan vivir mejor.
Esa convicción ha orientado buena parte de mis decisiones.
Sin embargo, las organizaciones son sistemas complejos. En ellas conviven propósitos, intereses, relaciones de poder, expectativas y contradicciones. No siempre aquello que una institución declara como su finalidad coincide con las prioridades que terminan organizando su funcionamiento cotidiano.
Y a veces uno también forma parte de esas contradicciones.
Durante un tiempo comencé a sentir que una parte cada vez mayor de mis esfuerzos estaba destinada a sostener situaciones que ya no reconocía como coherentes con las razones por las que había decidido estar ahí.
Al principio intenté resolverlo trabajando más, buscando alternativas, asumiendo nuevas responsabilidades y confiando en que todavía era posible recuperar el sentido de lo que estábamos haciendo.
Pero el esfuerzo, por sí solo, no garantiza que estemos avanzando en la dirección correcta.
Hay un momento en que resulta necesario preguntarse si aquello que estamos sosteniendo todavía merece la energía que le dedicamos.
No es una pregunta sencilla.
Permanecer puede ser una expresión de compromiso. Pero también puede convertirse en una forma de postergar decisiones difíciles. Del mismo modo, retirarse puede parecer una renuncia, cuando en realidad representa la decisión de dejar de participar en una contradicción que ya no estamos dispuestos a sostener.
Durante ese proceso experimenté cansancio, frustración y, sobre todo, una sensación que me resultó más difícil de aceptar: había comenzado a perder de vista mi propósito.
No porque hubiera dejado de importarme contribuir, sino porque la distancia entre lo que quería hacer y aquello a lo que destinaba mis esfuerzos se había vuelto demasiado grande.
Comprendí entonces que no basta con preguntarnos si estamos cumpliendo nuestras responsabilidades. También necesitamos preguntarnos para qué las estamos cumpliendo.
La responsabilidad no puede reducirse a permanecer. En ocasiones también exige reconocer nuestros límites, revisar nuestras decisiones y aceptar que continuar no siempre significa avanzar.
Cerrar una etapa implica dejar atrás cosas importantes. Experiencias, aprendizajes, relaciones, proyectos y también expectativas que no llegaron a concretarse. Sería ingenuo pensar que una decisión así no produce incertidumbre.
Pero también deja gratitud.
Por las personas con quienes compartí el camino, por las conversaciones, los desafíos que enfrentamos juntos, las diferencias que nos hicieron pensar y los aprendizajes que difícilmente habría alcanzado de otra manera. Hay vínculos y experiencias cuyo valor no depende de cómo termina una etapa.
Me llevo mucho de quienes estuvieron ahí. Y espero también haber contribuido, de alguna manera, a sus propios caminos.
Hoy vuelvo a estudiar, desarrollar ideas, explorar proyectos y recuperar conversaciones que había postergado. No tengo completamente definido lo que vendrá, y tampoco siento la necesidad de tenerlo todo resuelto.
Lo que sí tengo más claro es desde dónde quiero construirlo.
Quiero dedicar mi tiempo y mis capacidades a aquello que me permita aprender, contribuir y generar transformaciones que tengan sentido. Sin confundir nuevamente el compromiso con la obligación de permanecer, ni la responsabilidad con la necesidad de sostener aquello en lo que he dejado de creer.
No se trata de negar lo vivido. Cada etapa deja aprendizajes, incluso aquellas que terminan de una manera distinta a la que imaginábamos.
Tampoco se trata de comenzar desde cero. Somos, en parte, el resultado de los caminos que hemos recorrido, de nuestras decisiones y también de las contradicciones que hemos sido capaces de reconocer.
Hasta ahora, mi manera de avanzar ha sido seguir adelante. Nunca he vuelto a un lugar del que decidí salir. Quizás porque, sin darme cuenta, he entendido el regreso como una forma de retroceder.
Pero últimamente me pregunto si necesariamente tiene que ser así.
¿Y si los caminos vuelven a cruzarse? ¿Si alguna vez nos encontramos nuevamente con personas, lugares o proyectos que fueron parte de nuestra historia, pero desde otro momento de nuestras vidas, con otras experiencias y nuevas preguntas?
Quizás no sería volver atrás. Quizás sería simplemente encontrarnos en otro punto del camino.
No lo sé. Y tampoco necesito resolverlo ahora.
Quizás evolucionar tenga menos relación con cambiar permanentemente de dirección y más con aprender a reconocer cuándo necesitamos recuperar el sentido de nuestro camino.
Cerrar una etapa no es terminar, es recuperar el propósito del camino.